En una mirada introspectiva hacía mi pasado, me inundan una rauda cascada de imágenes de buenos, chistosos, y no tan gratos recuerdos, aunque al fin y al cabo todos ellos forman parte de mi vida y si uno sólo de ellos variase a lo mejor no sería quien soy ahora.
Empezaré presentándome, mi nombre es Lisis, a mi parecer un bello nombre: corto y sonoro, viene de Grecia, no sé si recuerden el capítulo “Lisis o de la amistad” de Platón, pues bien, de allí tomaron el nombre mis padres, aunque en esa época era un nombre masculino, pero igual a mí no me importa eso, pues en este momento es mi nombre.
Mi iniciación con la literatura fue algo a lo que me fui acercando paulatinamente, en primera instancia, fue por la mediación de mi abuelo, gracias a esas extraordinarias tardes que pase sentada en un taburete escuchando su versátil voz, que iba matizando las diferentes emociones que narraba en sus historias patrias ( sobre el bogotazo, la época de la violencia, el frente nacional y muchas otras historias), y prestando atención al más mínimo gesto o mirada con que enfatizaba su narración; mientras tanto, mi imaginación pueril recreaba los más inverosímiles escenarios y personajes. En otras jornadas, recuerdo que nos recitaba poemas de Julio Flores y José Asunción Silva, es más puedo decir que de su voz, por primera vez, sentí el frío nocturno de la noche capitalina. Amaba, las tardes con taburete a la vera de mi abuelo y su ardor apasionante.
Si las tardes me la pasaba sentada oyendo historias, en la mañana estudiaba. De los días del jardín recuerdo el mimo de mi profesora y su desbordante paciencia ante nuestra hiperactividad y picardías. Las permanentes planas para aprender a escribir mi nombre, aún sin saber ni el alfabeto ni sus combinaciones silábicas, así mismo las planas de las vocales, de las silabas de ma, me, mi, mo, mu, pa, pe, pi, po, pu, entre otras, la infaltable tarea de recortar y rellenar las letras con pedazos de papel o de lentejas o arroz. Asimismo, era innegable la ayuda de mi madre que con su mano guiaba mi mano para lograr los mejores trazos posibles de la “a” “o” “p” “m” “q” etcétera, además de sus estrategias para que los papelitos, las lentejas o el arroz no quedaran fuera del límite alfabético.
En mi experiencia familiar recuerdo un tablero de payasito, con el que me enseñaron las vocales, el alfabeto y los números, y unas letras hechas de madera y pintada de colores vivos, con las cuales practicaba la memorización del alfabeto. Para luego aprender a leer, para emprender el viaje a bordo de los lomos de los libros y con los remos del lenguaje, así llegue a ella. Luego, el tiempo fue corriendo y mi interés se fue acrecentando, de esta forma me fui acercando a la literatura poco a poco, historia tras historia y lectura a lectura. En este punto, es muy difícil regresar al pasado y saber cuál fue el primero o cuál fue el más trascendente, ¿Cuál?, ¿Cuál?, en verdad en la sucesión del tiempo es díficil decidir esos cuáles, pues creo que hacer una lista, no es importante, porque a medida que pasan los días y la vida esa lista se modificaría...
Empezaré presentándome, mi nombre es Lisis, a mi parecer un bello nombre: corto y sonoro, viene de Grecia, no sé si recuerden el capítulo “Lisis o de la amistad” de Platón, pues bien, de allí tomaron el nombre mis padres, aunque en esa época era un nombre masculino, pero igual a mí no me importa eso, pues en este momento es mi nombre.
Mi iniciación con la literatura fue algo a lo que me fui acercando paulatinamente, en primera instancia, fue por la mediación de mi abuelo, gracias a esas extraordinarias tardes que pase sentada en un taburete escuchando su versátil voz, que iba matizando las diferentes emociones que narraba en sus historias patrias ( sobre el bogotazo, la época de la violencia, el frente nacional y muchas otras historias), y prestando atención al más mínimo gesto o mirada con que enfatizaba su narración; mientras tanto, mi imaginación pueril recreaba los más inverosímiles escenarios y personajes. En otras jornadas, recuerdo que nos recitaba poemas de Julio Flores y José Asunción Silva, es más puedo decir que de su voz, por primera vez, sentí el frío nocturno de la noche capitalina. Amaba, las tardes con taburete a la vera de mi abuelo y su ardor apasionante.
Si las tardes me la pasaba sentada oyendo historias, en la mañana estudiaba. De los días del jardín recuerdo el mimo de mi profesora y su desbordante paciencia ante nuestra hiperactividad y picardías. Las permanentes planas para aprender a escribir mi nombre, aún sin saber ni el alfabeto ni sus combinaciones silábicas, así mismo las planas de las vocales, de las silabas de ma, me, mi, mo, mu, pa, pe, pi, po, pu, entre otras, la infaltable tarea de recortar y rellenar las letras con pedazos de papel o de lentejas o arroz. Asimismo, era innegable la ayuda de mi madre que con su mano guiaba mi mano para lograr los mejores trazos posibles de la “a” “o” “p” “m” “q” etcétera, además de sus estrategias para que los papelitos, las lentejas o el arroz no quedaran fuera del límite alfabético.
En mi experiencia familiar recuerdo un tablero de payasito, con el que me enseñaron las vocales, el alfabeto y los números, y unas letras hechas de madera y pintada de colores vivos, con las cuales practicaba la memorización del alfabeto. Para luego aprender a leer, para emprender el viaje a bordo de los lomos de los libros y con los remos del lenguaje, así llegue a ella. Luego, el tiempo fue corriendo y mi interés se fue acrecentando, de esta forma me fui acercando a la literatura poco a poco, historia tras historia y lectura a lectura. En este punto, es muy difícil regresar al pasado y saber cuál fue el primero o cuál fue el más trascendente, ¿Cuál?, ¿Cuál?, en verdad en la sucesión del tiempo es díficil decidir esos cuáles, pues creo que hacer una lista, no es importante, porque a medida que pasan los días y la vida esa lista se modificaría...
1 comentario:
lisis que pagina ten hermosa felicitaciones! un abrazo san
Publicar un comentario