lunes, 9 de abril de 2007

AMURALLADA

Cartagena de Indias, La Heroica, la Ciudad amurallada, o como prefiera llamársele, era un paraíso terrenal lleno de historia, como la historia misma, aquel lugar maravilloso en dónde es posible olvidar el nombre y entregarse por completo, en alma y cuerpo, a deleitarse de su belleza.

Sólo un domingo bastó para quedar encantada de ella. En un breve paseo en una calurosa tarde, después de descansar del largo viaje de trece horas en bus, me dedique a recorrerla. Primero, al Castillo de San Felipe era magnifico, bello e imponente, sus paredes azabaches y punzadas por el tiempo de la historia contrastaban con el bien adornado jardín. Sólo me pude quedar con estas imágenes externas e imaginando su interior, privilegio que si tuvieron los reyes de España, pues, debido a un acto especial para darles la bienvenida cerraron el castillo; su llegada aquel día trastornó el orden y los anhelos turísticos de muchos visitantes. Así, no me quedó otra opción más que la de recorrer un poco sus alrededores y de paso el monumento a los zapatos viejos

Sin más que hacer en aquel lugar, me fui caminando, junto con unas compañeras, hasta la ciudad antigua. Subimos por la calle treinta, cruzamos el puente Heredia, entonces tuvimos a nuestro lado, a nuestra diestra y siniestra las inmensas murallas que se extendían jubilosas. Seguimos caminado por la Calle de la Media Luna, asomos de una ciudad antigua donde la edad empieza a hacer mella. Continuamos nuestro camino hasta que por fin llegamos a la Torre del Reloj, cinco para las cinco, hora de la entrada a la mágica ciudad.

Allí, adentro de la magia, en el pasillo del Palacio del Dulce me deleite con los sabores de sus manjares azucarados que parecen ser la compensación del sabor amargo que durante años soportaron los esclavos negros de los españoles, del sabor dulce que sus vidas carecieron. Me embelece de su arquitectura, de las casas, de las plazas, de las iglesias, de los parques y de los conventos, de su colorido abigarrado, del nombre típico de sus calles (de las carretas, del Estanco del Tabaco, de la amargura, del colegio, de la universidad, primera y segunda de Badillo, de las damas, entre otras) y de sus sitios que nos hacen sentir la autenticidad de nuestra lengua. Y como no, me encanto de sus murallas, tan antiguas, tan fuertes, capaces ellas de resistir mil batallas más, por las cuales camine mirando el golpe del mar y sintiendo la brisa en mi rostro.

Finalmente, después de la larga caminata, a la playa a descansar tendida en la arena, con el sonido del mar y una buena charla que calentó levemente nuestras gargantas. El tiempo, infortunadamente, no era eterno. El domingo finalizó, regrese a casa de mis amigos cartageneros, después de cincuenta minutos de recorridos. Definitivamente, fue un día intenso y lleno de gratos recuerdos de esa encantadora ciudad amurallada. Cartagena de Indias o la Heroica es una ciudad de murallas, de límites finitos, pero infinitos para sus turistas.